
Era viernes. Después de tener clases en la “U”, se recibía con agrado cualquier idea que significara escaparnos de nuestro diario quehacer. Jorge, quien era el mas veterano de los compañeros, nos invita a tomar un copetito a “La caverna del Pirata” en el centro de Valparaíso. Tanto Claudio como yo seriamos sus comparsas. Risas, buena música, todo bien hasta que aparecieron dos mujeres solas en un rincón del local. Jorge nos indica que “Esos huevitos quieren sal “, se para y se acerca a su mesa, se sienta junto a ellas y comienza todo el vendaval de artimañas con el fin de lograr hacer amistad con ellas. Pasan pocos minutos y Jorge se para y se nos acerca para decirnos que nos sentemos con ellas. Accedemos no sin antes ver que a medida que nos acercamos se cumple ese dicho de que todos los gatos en la noche son negros, dándonos cuenta que ya no se trata de dos chiquillas y considerando que teníamos menos de 25 años, se trataba de dos “veteranas”: una de mas o menos 45 años, estudiante de derecho de nuestra misma universidad y a la que nunca habíamos visto , con muy poca sonrisa; y la otra señora, profesora, ya mas mayorcita pero con un estiramiento de piel demasiado notorio que no le permitía reírse de buenas ganas por miedo a rajar su costoso enchulamiento. Además tenía un cuerpo “juvenil”, por lo que notamos que había mucha plata allí invertida.
Durante la conversación notamos que se trataba de dos pituquitas, y que “la abuelita” buscaba un poco de diversión para su amiga que se había separado hace poco, de ahí que nada la hacía reír.
Después de un par de horas, a Jorge le habían crecido los colmillos y quería bailar. ¿Donde?-preguntaron ellas. Yo conozco un lugar -dice Jorge. ¡Vamos en mi auto! nos dice la paciente del Dr. Vidal, cuando éste estaba en la practica.
Para ser sincero esperaba un auto del año, sin embargo nos encontramos con un Fiat 600. O sea, eran pitucas pero al ope. Jorge las fue guiando hasta que llegamos cerca del cine Metro de aquel entonces. Lugar escogido, “Las Grekas”.
Tanto Claudio como yo sin ni uno, Jorge prestándonos plata para la entrada y las pitucas con cara de no saber que podría haber adentro. La misma duda que tenía yo ya que sería la primera vez que entraba a una “Boite”. La entrada era con derecho a un trago de putita o sea una piscolita. Entramos y a medida que nos acercamos a las mesas se escuchaba una música media insinuante y en medio de la pista de baila una chiquilla ligera de ropas haciendo su show. Nuestras damas se encontraban medio espantadas de ver a tanto roto junto, mientras Jorge trataba de calmar a nuestras “compañeras de baile” para que no se fueran. Segundo tema a bailar y la dama en cuestión se empezó a desprender de su vestuario, o sea, a empelotarse. Se acercó hasta Claudio y puso sus grandes pechos desnudos en su cara como queriéndolo hacer volver a su infancia y ¡ no tenia plata ¡.
Yo miraba la cara de nuestras damas y cada vez se desfiguraban más. Jorge les decía que era sano convivir con los gustos del pueblo, que el baile estaba por llegar y bla , bla ,bla y mientras tanto Claudio como yo disfrutábamos de nuestra Piscolita, además Claudio ya se sentía pagado. Por mi lado, ni con 3 piscolitas podría atinar con las chiquillas, para que vean lo malitas que eran.
Sale a cantar en el escenario el Gran Jorge “Negro” Farias (QEPD) dejando con el ánimo por las nubes a toda la multitud de 20 personas presentes en el lugar y que coreaban sus canciones. ¿Y el baile? –preguntaron ellas. En eso empieza la música y el baile. ¡Que mejor que empezar con “El Galeón español”!. Jorge saca a bailar “Juanita sonrisa” mientras en la mesa la veterana me insta a bailar con ella ya que Claudito ya a esa altura estaba glúteo.
Nos posesionamos en la pista poniéndome frente a ella y ¡a gozar! Esperen, esperen ¿que le sucede a la profe? Para describirla digamos que tenía un estilo de baile único, daba unos saltos hacia atrás, sus brazos extendidos los giraba con mucha libertad, pero todo con menos ritmo que una gota. La verdad es que sus movimientos eran una mezcla de garrotera y perro con Distemper. Me miraba como diciendo ¿te gusta como bailo? Y yo solo sonreía por respeto como diciendo ¡lo estoy pasando chancho! Solo que por dentro me decía ¡Trágame tierra!.
Me llamaba la atención como la gente la miraba, incluso dejaba de bailar para verla ya que era un espectáculo, tétrico, pero espectáculo al fin al cabo. Resultó ser un baile mas eterno que esperanza de pobre, mientras tanto las risas se mezclaban con la música.
Fin de la música y tanto Claudio como yo abandonamos este lugar dejando atrás tal memorable baile, solo comparado con Ginger Rogers y Fred Aster.
Con unos traguitos en el cuerpo subí mi cerro Recreo para llegar a casa. Cuando estaba a medio camino, por una de las calles mas inclinadas aparece a lo lejos un perro que a medida que se iba acercando, iba dimensionado su real tamaño. Un Gran Danés negro que llegó hasta mi, se paró en dos patas quedando cara con cara y una voz que de lejos me decía- ¡quédate quieto que no te va a pasar nada! Y luego lo llamó por su nombre: Chico. Nombre que resultaba irónico y poco apropiado para el momento, considerando que para mi resultó ser del tamaño de un caballo.
Afortunadamente no pasó nada, solo se me quitó la curadera pero no el recuerdo de uno de los episodios más extraños que pude haber vivido en la bohemia porteña
Durante la conversación notamos que se trataba de dos pituquitas, y que “la abuelita” buscaba un poco de diversión para su amiga que se había separado hace poco, de ahí que nada la hacía reír.
Después de un par de horas, a Jorge le habían crecido los colmillos y quería bailar. ¿Donde?-preguntaron ellas. Yo conozco un lugar -dice Jorge. ¡Vamos en mi auto! nos dice la paciente del Dr. Vidal, cuando éste estaba en la practica.
Para ser sincero esperaba un auto del año, sin embargo nos encontramos con un Fiat 600. O sea, eran pitucas pero al ope. Jorge las fue guiando hasta que llegamos cerca del cine Metro de aquel entonces. Lugar escogido, “Las Grekas”.
Tanto Claudio como yo sin ni uno, Jorge prestándonos plata para la entrada y las pitucas con cara de no saber que podría haber adentro. La misma duda que tenía yo ya que sería la primera vez que entraba a una “Boite”. La entrada era con derecho a un trago de putita o sea una piscolita. Entramos y a medida que nos acercamos a las mesas se escuchaba una música media insinuante y en medio de la pista de baila una chiquilla ligera de ropas haciendo su show. Nuestras damas se encontraban medio espantadas de ver a tanto roto junto, mientras Jorge trataba de calmar a nuestras “compañeras de baile” para que no se fueran. Segundo tema a bailar y la dama en cuestión se empezó a desprender de su vestuario, o sea, a empelotarse. Se acercó hasta Claudio y puso sus grandes pechos desnudos en su cara como queriéndolo hacer volver a su infancia y ¡ no tenia plata ¡.
Yo miraba la cara de nuestras damas y cada vez se desfiguraban más. Jorge les decía que era sano convivir con los gustos del pueblo, que el baile estaba por llegar y bla , bla ,bla y mientras tanto Claudio como yo disfrutábamos de nuestra Piscolita, además Claudio ya se sentía pagado. Por mi lado, ni con 3 piscolitas podría atinar con las chiquillas, para que vean lo malitas que eran.
Sale a cantar en el escenario el Gran Jorge “Negro” Farias (QEPD) dejando con el ánimo por las nubes a toda la multitud de 20 personas presentes en el lugar y que coreaban sus canciones. ¿Y el baile? –preguntaron ellas. En eso empieza la música y el baile. ¡Que mejor que empezar con “El Galeón español”!. Jorge saca a bailar “Juanita sonrisa” mientras en la mesa la veterana me insta a bailar con ella ya que Claudito ya a esa altura estaba glúteo.
Nos posesionamos en la pista poniéndome frente a ella y ¡a gozar! Esperen, esperen ¿que le sucede a la profe? Para describirla digamos que tenía un estilo de baile único, daba unos saltos hacia atrás, sus brazos extendidos los giraba con mucha libertad, pero todo con menos ritmo que una gota. La verdad es que sus movimientos eran una mezcla de garrotera y perro con Distemper. Me miraba como diciendo ¿te gusta como bailo? Y yo solo sonreía por respeto como diciendo ¡lo estoy pasando chancho! Solo que por dentro me decía ¡Trágame tierra!.
Me llamaba la atención como la gente la miraba, incluso dejaba de bailar para verla ya que era un espectáculo, tétrico, pero espectáculo al fin al cabo. Resultó ser un baile mas eterno que esperanza de pobre, mientras tanto las risas se mezclaban con la música.
Fin de la música y tanto Claudio como yo abandonamos este lugar dejando atrás tal memorable baile, solo comparado con Ginger Rogers y Fred Aster.
Con unos traguitos en el cuerpo subí mi cerro Recreo para llegar a casa. Cuando estaba a medio camino, por una de las calles mas inclinadas aparece a lo lejos un perro que a medida que se iba acercando, iba dimensionado su real tamaño. Un Gran Danés negro que llegó hasta mi, se paró en dos patas quedando cara con cara y una voz que de lejos me decía- ¡quédate quieto que no te va a pasar nada! Y luego lo llamó por su nombre: Chico. Nombre que resultaba irónico y poco apropiado para el momento, considerando que para mi resultó ser del tamaño de un caballo.
Afortunadamente no pasó nada, solo se me quitó la curadera pero no el recuerdo de uno de los episodios más extraños que pude haber vivido en la bohemia porteña
1 comentario:
Ja ...ja ...ja.
Me veo ciertamente identificado con esa historia, llegar medio copeteado a casa y sin haber 'entrado al área chica' ...
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