
Favor se pide la mayor tolerancia, discreción y madurez para leer esta cochinada.
Fue un día viernes de fin de mes y después de tratarlo tantas veces, por fin nos pudimos juntar aquellos amigos de infancia, los mismos que luego nos hemos visto crecer y madurar hasta ser lo hoy somos.
Un restaurante en Valparaíso sería el escenario perfecto para juntarnos, reírnos y recordar por enésima vez nuestras anécdotas. Y así fue, riéndonos de las cosas que hacíamos cuando eras niños, nuestros juegos infantiles hasta que después de algún Ron empezaron a salir sabrosas historias de nuestra iniciación hacia la adultez.
Hugo siempre era el más osado de nosotros y como tal empezó a contar sus experiencias.
Nos contó que cierta vez estaba con su polola solo en casa de sus papás. Eran como las 3 de la tarde y las hormonas empezaron a dar rienda suelta a toda esa explosión de energía dispuesta a ser liberada. Ella se encontraba sentada en el sillón y él de rodillas, en un encuentro que el llamó “ Bigote con Bigote” que no requiere mayor explicación. En eso se abre la puerta y para su sorpresa entra su hermano menor Rubén. ¿Que podía hacer?- nos preguntaba- solo atiné a levantar mi mano y saludarlo - una estupidez por cierto- que reconocía mientras nuestras carcajadas nacían instantáneamente. Mal momento para descubrir que a su hermanito ya le habían entregado las llaves de la casa. Allí partió Hugo, cual pingüino con el pantalón a medio subir a explicarle a Rubén que lo que había visto era normal, que la abejita y las flores y todas esas tonteras que se le puede explicar a un niño de 12 años, pero con la idea fija que éste no le contara a sus papás. Hugo, sabiendo que todo hombre tiene su precio, tuvo que recurrir al pago de 2 lucas de su mesada , logrando el tan anhelado silencio hasta estos dias.
Salud ¡! Se escuchó.
Antes de poner el vaso en la mesa, Eduardo nos empezó a contar su historia. Tenía como 16 años y ya se había mudado a otra ciudad ya que su papá, al ser marino, era trasladado de un lugar a otro. Era su segundo pololeo. Según él, creía haber encontrado a la mujer de sus sueños. Delgada, pelo castaño claro largo, liso, piernas largas y delgadas, cintura propia de su edad y unos ojos negros que lo conquistaron ápidamente. Ese era Eduardo, siempre enamoradizo, porque mientras la describía se notaba la emoción de un viejo amor.
Llevaba como un año pololeando con Maite y sintió la necesidad de cumplir unos de sus sueños como era el compartir la ducha con su polola. Quizás esas escenas vistas solo en películas le llamaron la atención de manera especial, por ello es que un día, estando solos en casa de sus papás, se dieron todas las condiciones necesarias para realizar su fantasía. Cuando estaban en la etapa del jaboneo, Eduardo, atento a cualquier ruido extraño, sintió alguien corriendo dentro de la casa. En eso, antes de poder salir a ver que sucedía, su hermano Raúl , pantalones a medio bajar, llegó hasta el único baño de la casa, ocupado en esos instantes por los tortolitos, con la clara intención de desocupar rápidamente sus intestinos. Un sonido característico así lo confirmaba ¿Eres tu Raúl? – la pregunta idiota de igor- Si hermano, lo siento pero no me pude aguantar- le respondía con voz un poco mas repuesta. Mientras el olor ambiental no era precisamente incienso.
A esa altura su polola se encontraba bajo el agua de la ducha , de rodillas, una para que no se vieran a través de las cortinas y de pasadita pegándose una rezadita para que no la descubrieran. Tirada de cadena de igor y un Chao Eduardo y nos vemos.
El sueño de Eduardo hecho trizas, su pololeo también. Salud por eso ¡!
Luego siguió mi historia. Un día con mi compadre Ricardo decidimos tomarnos unos copetitos en el Moulin Rouge, ubicada en esa calle pecaminosa de Salvador Donoso. Este era un night club, donde las chiquillas acaloradas se sacaban la ropita. Ahí estábamos tomándonos el primer copete y fumándonos el cigarro correspondiente viendo como una linda dama bailaba una rápida melodía. Esa primera y eterna canción que siempre está demás, ya que todos esperamos el segundo tema donde se sacan la ropa.
Bueno, empezó el segundo tema y nosotros en los primeros asientos cerca del escenario teníamos una vista privilegiada. En eso esta niña se me acerca y yo le voy a tomar la cintura cuando olvidé que tenía el cigarro encendido y le quemé una pechuga. La mujer empezó a gritar y a pegarme y yo tratando de pedir disculpas mientras me cubría la cabeza de cuanto aletazo llegaba en mi extremidad. Después de eso nos invitaron amablemente a abandonar el lugar. Debo confesar que desde ese momento es que me declaro senofóbico, es decir, le tengo terror a las pechugas.
Faltaba la historia de Juanito. Siempre esperábamos sus historias ya que si bien siempre le pasaban cosas raras y era muy entretenido escuchar a mi compadre.
Y así fue. Su historia comienza en Valparaíso. Después de una cena de fin de año con sus compañeros de trabajo, el jefe tuvo la genial idea de ir a su segunda casa “El 1439”. ¿Que era eso? Un prostíbulo ubicado en Salvador Donoso donde el jefe tenía su “pololita”. Junto con sus cuatro compañeros subieron a ver que pasaba y donde se escuchaba la música sensación de ese momento: “La Lambada”.A Juanito le llamó la atención de ver el saludo del jefe con la polola. Un efusivo abrazo y correspondiente beso, de esos de película. Juanito, fiel a su estilo, empezó a pelar a la polola del jefe. Que era veterana de mil batallas, pelo rubio teñido, ojos de contacto claros y una operación a las pechugas.
O sea, en rigor lo único natural era un hijo que había tenido por allí.
El copete ponía medio idiota al jefe, quien después de pedir una linterna con cuatro pilas (un pisco con cuatro bebidas), le llamó y solo le dijo – Paga. ¡Y tuve que pagarlas! nos contaba Juanito, quien debido a esa determinación se quedó sin plata. En eso dice que como había poca luz, se le acercó una de estas niñas a ofrecerle sus servicios. Según nos contaba, no se veía mal, a eso súmenle unos traguitos en el cuerpo, para él estaba en presencia de la Marlen Olivarí. Pero como no tenía plata, le pidió a otro compañero que le prestara. Y cerraron el acuerdo y a lo hecho pecho!.Le llamó la atención que las piezas estaban en otro piso. Allí llegaron.
Juanito se sacó la ropa menos los calcetines. Siempre nos decía que de no estar seguro de donde uno estaba, lo mejor era dejárselos puestos en caso de arrancar. Muy sabio él ¡!
Después de tirarse en la cama esperando a su compañera, llegó ella y aun sin desvestirse y le hizo la primera pregunta de rigor ¿quieres que apague la luz? Juanito le dijo que no. Su respuesta le costo muy caro ya que el espectáculo visto después de su negativa resultaba dantesco. La cintura de avispa no era otra cosa que una faja que era muy bien disimulada por su vestido. Juanito siguió viendo con horror como una gran cicatriz le cruzaba su abdomen. Juanito- casi llorando de pena y nosotros de la risa- siguió contando como la ley de gravedad se había ensañado con ella. Moraleja: “Si a la primera incursión te preguntan si quieres apagar la luz, hazlo inmediatamente, pues ya sabes que lo que te viene por delante”.
Su segunda pregunta ¿lo quieres con a sin condón? Juanito, haciendo caso a la sugerencia de sus compañeros, se puso el globo correspondiente. Ya estando en plena faena, su tercera pregunta ¿por que no me dices algo cochino?. Ahí Juanito dice que quedó medio descolocado. ¿Qué le podía decir? ¿Como llamarle a su vagina? “Conejita”, “Cosita” (yo lo entendía ya que uno se pone como tierno) o un "picaron con chasquillita”. Le dijo que mejor se olvidaran de eso.
Y como toda faena duró lo que dura dura.
Cuando terminó se dio cuenta que el preservativo estaba roto. Pregunta de rigor para saber si la dama se cuidaba, pero no precisamente por si quedaría embarazada. Se quedó tranquilo ya que acordándose lo que le tocó presenciar, era difícil que tuviese muchos clientes.
Ya a esa altura, nos amarrábamos la guata de tanto reírnos. Pero como siempre le pasan cosas raras a mi compadre, esta no fue la excepción.
Juanito prosiguió su historia contándonos que cerca de dos semanas después de esto, apareció un grano por donde hacemos pipí. Como todos los achaques vienen juntos, se agarró una faringitis que lo llevó al otorrino.
Aprovechando la consulta y urgido por lo que podía haber pasado, le consultó al doctor si podía hacerse un test del SIDA. EL doctor lo miró como diciendo !Será Weon¡ ¿ que tiene que ver un Otorrinolaringólogo con el SIDA? Lo primero que le preguntó era si era homosexual . Le hizo una serie de preguntas científicas , no de esas típicas como si se le chorreaba el helado, si se le quemaba el arroz, se le apagaba el piloto, se reía en la fila o si le gustaría morir quemado, o sea, por el hollín y cosas como esas. Finalmente lo mandó a hacer el examen. Juanito nos contaba que cuando ocurrió esto, comienzos de los 90's, hace poco tiempo había salido a la luz el caso de Rock Hudson y que el tema de su contagio era algo que en ese entonces no se tenía la certeza de cómo se propagaba.
Se tomo las muestras de sangre muy temprano en la mañana y ya estando en su casa, a eso del mediodía, lo llaman por teléfono del laboratorio. ! Mierda, Hasta aquí sería todo! . Seguramente me encontraron algo!!, pensó Juanito.
Mi compadre dice que en el trayecto de su pieza al living donde estaba el teléfono, se pasó cualquier película, incluso recordó toda su vida. Afortunadamente la llamada era solo para saber su edad. Uff !! Tremendo alivio. Los exámenes arrojaron que Juanito no tenía nada y siguió dando rienda suelta a su vida, pero recordando siempre que no hay que entregarse a la
primera así no más.
Su historia sacó aplausos y yo llegando a la casa, también.
Fue un día viernes de fin de mes y después de tratarlo tantas veces, por fin nos pudimos juntar aquellos amigos de infancia, los mismos que luego nos hemos visto crecer y madurar hasta ser lo hoy somos.
Un restaurante en Valparaíso sería el escenario perfecto para juntarnos, reírnos y recordar por enésima vez nuestras anécdotas. Y así fue, riéndonos de las cosas que hacíamos cuando eras niños, nuestros juegos infantiles hasta que después de algún Ron empezaron a salir sabrosas historias de nuestra iniciación hacia la adultez.
Hugo siempre era el más osado de nosotros y como tal empezó a contar sus experiencias.
Nos contó que cierta vez estaba con su polola solo en casa de sus papás. Eran como las 3 de la tarde y las hormonas empezaron a dar rienda suelta a toda esa explosión de energía dispuesta a ser liberada. Ella se encontraba sentada en el sillón y él de rodillas, en un encuentro que el llamó “ Bigote con Bigote” que no requiere mayor explicación. En eso se abre la puerta y para su sorpresa entra su hermano menor Rubén. ¿Que podía hacer?- nos preguntaba- solo atiné a levantar mi mano y saludarlo - una estupidez por cierto- que reconocía mientras nuestras carcajadas nacían instantáneamente. Mal momento para descubrir que a su hermanito ya le habían entregado las llaves de la casa. Allí partió Hugo, cual pingüino con el pantalón a medio subir a explicarle a Rubén que lo que había visto era normal, que la abejita y las flores y todas esas tonteras que se le puede explicar a un niño de 12 años, pero con la idea fija que éste no le contara a sus papás. Hugo, sabiendo que todo hombre tiene su precio, tuvo que recurrir al pago de 2 lucas de su mesada , logrando el tan anhelado silencio hasta estos dias.
Salud ¡! Se escuchó.
Antes de poner el vaso en la mesa, Eduardo nos empezó a contar su historia. Tenía como 16 años y ya se había mudado a otra ciudad ya que su papá, al ser marino, era trasladado de un lugar a otro. Era su segundo pololeo. Según él, creía haber encontrado a la mujer de sus sueños. Delgada, pelo castaño claro largo, liso, piernas largas y delgadas, cintura propia de su edad y unos ojos negros que lo conquistaron ápidamente. Ese era Eduardo, siempre enamoradizo, porque mientras la describía se notaba la emoción de un viejo amor.
Llevaba como un año pololeando con Maite y sintió la necesidad de cumplir unos de sus sueños como era el compartir la ducha con su polola. Quizás esas escenas vistas solo en películas le llamaron la atención de manera especial, por ello es que un día, estando solos en casa de sus papás, se dieron todas las condiciones necesarias para realizar su fantasía. Cuando estaban en la etapa del jaboneo, Eduardo, atento a cualquier ruido extraño, sintió alguien corriendo dentro de la casa. En eso, antes de poder salir a ver que sucedía, su hermano Raúl , pantalones a medio bajar, llegó hasta el único baño de la casa, ocupado en esos instantes por los tortolitos, con la clara intención de desocupar rápidamente sus intestinos. Un sonido característico así lo confirmaba ¿Eres tu Raúl? – la pregunta idiota de igor- Si hermano, lo siento pero no me pude aguantar- le respondía con voz un poco mas repuesta. Mientras el olor ambiental no era precisamente incienso.
A esa altura su polola se encontraba bajo el agua de la ducha , de rodillas, una para que no se vieran a través de las cortinas y de pasadita pegándose una rezadita para que no la descubrieran. Tirada de cadena de igor y un Chao Eduardo y nos vemos.
El sueño de Eduardo hecho trizas, su pololeo también. Salud por eso ¡!
Luego siguió mi historia. Un día con mi compadre Ricardo decidimos tomarnos unos copetitos en el Moulin Rouge, ubicada en esa calle pecaminosa de Salvador Donoso. Este era un night club, donde las chiquillas acaloradas se sacaban la ropita. Ahí estábamos tomándonos el primer copete y fumándonos el cigarro correspondiente viendo como una linda dama bailaba una rápida melodía. Esa primera y eterna canción que siempre está demás, ya que todos esperamos el segundo tema donde se sacan la ropa.
Bueno, empezó el segundo tema y nosotros en los primeros asientos cerca del escenario teníamos una vista privilegiada. En eso esta niña se me acerca y yo le voy a tomar la cintura cuando olvidé que tenía el cigarro encendido y le quemé una pechuga. La mujer empezó a gritar y a pegarme y yo tratando de pedir disculpas mientras me cubría la cabeza de cuanto aletazo llegaba en mi extremidad. Después de eso nos invitaron amablemente a abandonar el lugar. Debo confesar que desde ese momento es que me declaro senofóbico, es decir, le tengo terror a las pechugas.
Faltaba la historia de Juanito. Siempre esperábamos sus historias ya que si bien siempre le pasaban cosas raras y era muy entretenido escuchar a mi compadre.
Y así fue. Su historia comienza en Valparaíso. Después de una cena de fin de año con sus compañeros de trabajo, el jefe tuvo la genial idea de ir a su segunda casa “El 1439”. ¿Que era eso? Un prostíbulo ubicado en Salvador Donoso donde el jefe tenía su “pololita”. Junto con sus cuatro compañeros subieron a ver que pasaba y donde se escuchaba la música sensación de ese momento: “La Lambada”.A Juanito le llamó la atención de ver el saludo del jefe con la polola. Un efusivo abrazo y correspondiente beso, de esos de película. Juanito, fiel a su estilo, empezó a pelar a la polola del jefe. Que era veterana de mil batallas, pelo rubio teñido, ojos de contacto claros y una operación a las pechugas.
O sea, en rigor lo único natural era un hijo que había tenido por allí.
El copete ponía medio idiota al jefe, quien después de pedir una linterna con cuatro pilas (un pisco con cuatro bebidas), le llamó y solo le dijo – Paga. ¡Y tuve que pagarlas! nos contaba Juanito, quien debido a esa determinación se quedó sin plata. En eso dice que como había poca luz, se le acercó una de estas niñas a ofrecerle sus servicios. Según nos contaba, no se veía mal, a eso súmenle unos traguitos en el cuerpo, para él estaba en presencia de la Marlen Olivarí. Pero como no tenía plata, le pidió a otro compañero que le prestara. Y cerraron el acuerdo y a lo hecho pecho!.Le llamó la atención que las piezas estaban en otro piso. Allí llegaron.
Juanito se sacó la ropa menos los calcetines. Siempre nos decía que de no estar seguro de donde uno estaba, lo mejor era dejárselos puestos en caso de arrancar. Muy sabio él ¡!
Después de tirarse en la cama esperando a su compañera, llegó ella y aun sin desvestirse y le hizo la primera pregunta de rigor ¿quieres que apague la luz? Juanito le dijo que no. Su respuesta le costo muy caro ya que el espectáculo visto después de su negativa resultaba dantesco. La cintura de avispa no era otra cosa que una faja que era muy bien disimulada por su vestido. Juanito siguió viendo con horror como una gran cicatriz le cruzaba su abdomen. Juanito- casi llorando de pena y nosotros de la risa- siguió contando como la ley de gravedad se había ensañado con ella. Moraleja: “Si a la primera incursión te preguntan si quieres apagar la luz, hazlo inmediatamente, pues ya sabes que lo que te viene por delante”.
Su segunda pregunta ¿lo quieres con a sin condón? Juanito, haciendo caso a la sugerencia de sus compañeros, se puso el globo correspondiente. Ya estando en plena faena, su tercera pregunta ¿por que no me dices algo cochino?. Ahí Juanito dice que quedó medio descolocado. ¿Qué le podía decir? ¿Como llamarle a su vagina? “Conejita”, “Cosita” (yo lo entendía ya que uno se pone como tierno) o un "picaron con chasquillita”. Le dijo que mejor se olvidaran de eso.
Y como toda faena duró lo que dura dura.
Cuando terminó se dio cuenta que el preservativo estaba roto. Pregunta de rigor para saber si la dama se cuidaba, pero no precisamente por si quedaría embarazada. Se quedó tranquilo ya que acordándose lo que le tocó presenciar, era difícil que tuviese muchos clientes.
Ya a esa altura, nos amarrábamos la guata de tanto reírnos. Pero como siempre le pasan cosas raras a mi compadre, esta no fue la excepción.
Juanito prosiguió su historia contándonos que cerca de dos semanas después de esto, apareció un grano por donde hacemos pipí. Como todos los achaques vienen juntos, se agarró una faringitis que lo llevó al otorrino.
Aprovechando la consulta y urgido por lo que podía haber pasado, le consultó al doctor si podía hacerse un test del SIDA. EL doctor lo miró como diciendo !Será Weon¡ ¿ que tiene que ver un Otorrinolaringólogo con el SIDA? Lo primero que le preguntó era si era homosexual . Le hizo una serie de preguntas científicas , no de esas típicas como si se le chorreaba el helado, si se le quemaba el arroz, se le apagaba el piloto, se reía en la fila o si le gustaría morir quemado, o sea, por el hollín y cosas como esas. Finalmente lo mandó a hacer el examen. Juanito nos contaba que cuando ocurrió esto, comienzos de los 90's, hace poco tiempo había salido a la luz el caso de Rock Hudson y que el tema de su contagio era algo que en ese entonces no se tenía la certeza de cómo se propagaba.
Se tomo las muestras de sangre muy temprano en la mañana y ya estando en su casa, a eso del mediodía, lo llaman por teléfono del laboratorio. ! Mierda, Hasta aquí sería todo! . Seguramente me encontraron algo!!, pensó Juanito.
Mi compadre dice que en el trayecto de su pieza al living donde estaba el teléfono, se pasó cualquier película, incluso recordó toda su vida. Afortunadamente la llamada era solo para saber su edad. Uff !! Tremendo alivio. Los exámenes arrojaron que Juanito no tenía nada y siguió dando rienda suelta a su vida, pero recordando siempre que no hay que entregarse a la
primera así no más.
Su historia sacó aplausos y yo llegando a la casa, también.
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