
Tuve una experiencia divina. Estaba en 4º Medio, cuando el colegio me tenia chato de tratar de imponer mi fe, se presentó la posibilidad de conocer otra forma de vivirla.
Ya era costumbre de que cada vez que llegaba el inspector del colegio (que era además diacono) se presentara a nuestra sala y comenzar con “Hablaremos sobre las vocaciones…..” era lata segura. Andaba buscando posibles curas. Yo a esa altura no podía serlo ya que algunos votos no podía ni quería renunciar y que no era precisamente de pobreza.
Se presentó en el colegio un cura Irlandés que llamaremos “Patrick”, el que se presentó en nuestra sala y nos invitaba a participar de un fin de semana en su seminario en Santiago.
Muy simpático, bastante gordito, y con un lenguaje tipo Nat King Cole cuando cantaba en español que resultaba gracioso. Tanto Jorge como yo, que éramos considerados parte del grupo rebelde de nuestro curso, le solicitamos al cura la posibilidad de experimentar otra vivencia, solo como “oyentes” por decirlo de alguna manera.
Partimos en bus unos pocos y en el auto del cura Patrick los otros. Ya me llamaba la atención que su auto era del año, automático, Japonés. Era Imposible el no preguntarle su origen, indicándonos que solo se trataba de una “Donación”.La llegada resultaba un poco tardía dado que la casa estaba ubicada en Las Condes, a las faldas de la cordillera. Sin dudas un lugar apropiado para un retiro. Una casona antigua de campo pero con todas las comodidades dispuestas para los seminaristas. Piscina, Mesas de pool, sala de cine, etc. Permítanme la comparación pero de no ser por los seminaristas que se paseaban en sotana, esto era lo mas parecido a la mansión Playboy, claro que sin Hughes Hefner en Bata de levantarse y sin chiquillas por doquier.
Llegamos a la hora de la cena, lo primero que me llamó la atención era la cantidad de comida que te servían. No estábamos hablando de unos simples fideos o arroz, sino comida de esas que solo te sirven los días domingos. Lo entretenido era que una vez que uno terminaba de comer, llegaba un seminarista al lado tuyo y te volvía a servir sin que tú dijeras algo. Uno terminaba enojándose con estos “mozos” para que no te siguieran sirviendo. Le preguntamos por qué tanta comida y ellos decían que tendríamos muchas actividades y sería necesario tener el estomago lleno
Había otro cura Irlandés que también vivía en esa casa y fue quien nos recibió con cerveza. Un vaso, para ser más exacto. O sea a esa altura nos sentíamos en el Edén: comida y copete, conversación, risas, una que otra canturreada y a dormir. Buena forma de empezar.
Si la cena había sido contundente, el desayuno no se quedó atrás. Panes por aquí y por allá, mermelada, dulces, queques, etc.
Había otro cura Irlandés que también vivía en esa casa y fue quien nos recibió con cerveza. Un vaso, para ser más exacto. O sea a esa altura nos sentíamos en el Edén: comida y copete, conversación, risas, una que otra canturreada y a dormir. Buena forma de empezar.
Si la cena había sido contundente, el desayuno no se quedó atrás. Panes por aquí y por allá, mermelada, dulces, queques, etc.
Nos juntaron con los seminaristas para que nos contaran su experiencia, de que se trataba su congregación, de los beneficios que traía consigo el ingresar al seminario. Su preparación era de primer orden en Universidades importantes de Latinoamérica, Europa y USA. Su finalidad, el poder difundir la palabra de Cristo en otras latitudes, ya que todos aquellos que se recibían de sacerdotes debían llevar su palabra fuera de su país de origen. Dentro de los seminaristas, era difícil encontrar un negrito o un prototipo de individuo con genes poblacionales, y si lo había, quizás debe haber quedado maravillado con tanta abundancia y el mundo que le estaban prometiendo. Estaban estudiando para ser curas ABC1.
Una que otra actividad, más una que otra oración para pagar y agradecer lo que estábamos comiendo, pero nada que nos pudiese sentir incómodos.
Una que otra actividad, más una que otra oración para pagar y agradecer lo que estábamos comiendo, pero nada que nos pudiese sentir incómodos.
Para finalizar, los seminaristas nos invitaron a participar de una actividad que para ellos resultaba ser muy importante como era un partido de fútbol. Se jactaban de haber ganado todos los partidos jugados. Se dió la coincidencia que muchos de los que fuimos formaban parte del equipo de Fútbol del curso y admás eran la base del equipo del colegio. Los curitas y nosotros listos para jugar. Largo camino a la cancha. Nosotros pasándonos rollos de cómo podría ser la cancha.¿Habrán traído pasto de Wembley?¿ será cancha de pasto sintético? Lamentablemente ahí mostraron los votos de pobreza. Era literalmente un potrero. Un espacio de tierra que había sido cosechado y que estaba a la espera de ser sembrado. Terreno disparejo, de tierra suelta, en la cual había que golpear la pelota por encima, ya que si llegabas a hundir el zapato, seguramente te encontrarías con una papa que podría salir volando. Improvisados tarros de pintura resultaban ser los arcos. Nuestro equipo preparado, conmigo al arco.
Empezó el partido. Nuestro equipo atacando de izquierda a derecha de su pantalla, tratando de hacer pie. Dos veloces contragolpes y 2-0 en contra. Nosotros jugando muy caballerosamente pero pareciendo pisar huevos en la cancha, los mismos que estaban faltando para empatar el marcador. Se jugaba con los dientes apretados. Tuya, mía, para ti, para mi y dos golazos que empataban el partido. Ahí vino la reacción nunca antes vista. Cada vez que había peligro de gol en el arco contrario, uno de los futuros curas nos daba con todo y Paf, ¡al suelo mierda! El infractor levantaba la mano diciendo “Alto, Alto. He cometido una infracción, disculpa” y te ayudaba a parar. Se trataba de una terapia de grupo donde cada uno de los curitas debía reconocer su error y al no haber árbitro era la forma de cómo se cobraban las faltas. Al principio resultaba hasta simpático como se cobraban ellos mismos, sin embargo a medida que pasaba el partido los ánimos se empezaban a calentar dado que se repetían muy a menudo el “Alto, he cometido una infracción, disculpa”. Se daban cuenta que el partido no les estaba resultando fácil, por lo que su record invicto se veía amenazado. Y como todo tiene un límite, sacamos el diablillo que tenemos dentro y lo empezamos a hacer nosotros. Patada y al suelo los curitas. El “Paren, paren, foul mío” empezó a ser repetitivo por nuestra parte. De hecho me dejaron jugar un rato como delantero y también tuve que cobrarme un foul que le hice al arquero rival. Me castigué con una tarjeta amarilla ya que le provoqué un esguince en su dedo pulgar de su mano que lo llevó a la enfermería. El marcador se movía 3-2,3-3, 3-4,4-4 hasta que se escuchó el clásico ¡ultimo gol gana todo ¡.Apretamos la marca y cachetes. Resistimos el embate del que sería su último ataque a nuestra portería y con un rápido contragolpe Gooool ! Logramos cambiar la historia del Potrero Stedium. 5-4 que nos hacía merecedores de una once de despedida como “Dios Manda” .Tres perros y dos vacas eran, literalmente, mudos testigos privilegiados de tal gloriosa hazaña.
Hora de los balances y una vez finalizada la once, el cura Patrick se reunió con cada uno de mis compañeros, a esa alturas serios candidatos a Cura. La idea era saber si deseaban volver al seminario, pero esta vez como seminaristas. De mis seis compañeros, ninguno quiso volver, por lo que le propinamos la segunda goleada, esta vez fue un 6-0 al cura.
Empezó el partido. Nuestro equipo atacando de izquierda a derecha de su pantalla, tratando de hacer pie. Dos veloces contragolpes y 2-0 en contra. Nosotros jugando muy caballerosamente pero pareciendo pisar huevos en la cancha, los mismos que estaban faltando para empatar el marcador. Se jugaba con los dientes apretados. Tuya, mía, para ti, para mi y dos golazos que empataban el partido. Ahí vino la reacción nunca antes vista. Cada vez que había peligro de gol en el arco contrario, uno de los futuros curas nos daba con todo y Paf, ¡al suelo mierda! El infractor levantaba la mano diciendo “Alto, Alto. He cometido una infracción, disculpa” y te ayudaba a parar. Se trataba de una terapia de grupo donde cada uno de los curitas debía reconocer su error y al no haber árbitro era la forma de cómo se cobraban las faltas. Al principio resultaba hasta simpático como se cobraban ellos mismos, sin embargo a medida que pasaba el partido los ánimos se empezaban a calentar dado que se repetían muy a menudo el “Alto, he cometido una infracción, disculpa”. Se daban cuenta que el partido no les estaba resultando fácil, por lo que su record invicto se veía amenazado. Y como todo tiene un límite, sacamos el diablillo que tenemos dentro y lo empezamos a hacer nosotros. Patada y al suelo los curitas. El “Paren, paren, foul mío” empezó a ser repetitivo por nuestra parte. De hecho me dejaron jugar un rato como delantero y también tuve que cobrarme un foul que le hice al arquero rival. Me castigué con una tarjeta amarilla ya que le provoqué un esguince en su dedo pulgar de su mano que lo llevó a la enfermería. El marcador se movía 3-2,3-3, 3-4,4-4 hasta que se escuchó el clásico ¡ultimo gol gana todo ¡.Apretamos la marca y cachetes. Resistimos el embate del que sería su último ataque a nuestra portería y con un rápido contragolpe Gooool ! Logramos cambiar la historia del Potrero Stedium. 5-4 que nos hacía merecedores de una once de despedida como “Dios Manda” .Tres perros y dos vacas eran, literalmente, mudos testigos privilegiados de tal gloriosa hazaña.
Hora de los balances y una vez finalizada la once, el cura Patrick se reunió con cada uno de mis compañeros, a esa alturas serios candidatos a Cura. La idea era saber si deseaban volver al seminario, pero esta vez como seminaristas. De mis seis compañeros, ninguno quiso volver, por lo que le propinamos la segunda goleada, esta vez fue un 6-0 al cura.
Tomamos el bus devuelta a nuestras casas, agradecido de haber conocido otra experiencia. Uno de mis compañeros nos contó en el bus que cuando se encontraba en esa entrevista con el cura Patrick, éste puso su cara más colorada de lo que era y dejo escapar un sonido de dudosa procedencia, que junto al olor a metano emanado indicaba claramente que el curita Irlandés no se encontraba del todo bien de la guatita. Solo un natural “Perdun” seguido con un “prousigamos” interrumpían tan importante entrevista.
Moraleja Irlandesa: Mas vale perder un futuro seminarista que perder una tripa.
1 comentario:
loco, creo que el cura tato y el hermano del rumpy se dejaron ganar por los irish priests. No tenía idea que había sido seducidos de tal manera.
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