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jueves, 29 de diciembre de 2016

De Chincol a Jote


Hoy Matías ha llegado a casa desde el colegio con una sonrisa poco habitual. Obviamente su madre se percata de eso y le pregunta:

-¿Cómo te fue hoy en el colegio?- 

La respuesta era esperable, - ¡Muy bien Mamá! – ¡Hoy supe que a la niña que me gusta  yo también le gusto! Prosiguió contando más feliz que perro con dos colas. Ahí su madre empezó a ver que a pesar de sus 9 años, a su hijo nuevamente lo estaba casi perdiendo, y  le empezó a preguntar quién era la futura nuera, escena ya repetida pero esta vez un poco más preocupada al ver el entusiasmo de su primogénito.

-¿Nosotros la conocemos?-  preguntó ella. – Es Magdalena, mi compañera de curso- le contestaba orgulloso de haber logrado que se fijara en él.

-¿Y cómo sabes que le gustas?- preguntó ella, faltando solo conectarle a su delgado cuerpo algunos electrodos para saber si decía la verdad o no.

- Durante el Recreo nos dijimos que nos gustábamos-  Respondió mi  hijo con una naturalidad que esta vez a mí me daba la impresión que lo perdíamos. Niños de 3ero básico y ya se declaraban su amor. Después  de escucharlo entré yo a escena y le pregunto:

-Y  ahora que sabe ¿No le da un poco de vergüenza que todos en tu curso sepan?-  porque estaba claro que podrán ser muy chicos pero los chismes no tienen edad.

-La verdad es que si, pero le dije que actuara de manera normal ya que yo no cambiaría mi forma de ser con ella – respondía mi clon, sin duda todo un galán canchero.

- ¿Y te cuento más Papá?, Ella me anotó su número de teléfono fijo, su número de celular-  

Ahí comprendí que esto iba a ser serio, pensando en lo que yo hacía a mis 13 o 15 años, donde me colgaba al teléfono, esperando llegara la hora de la noche para hablar con “la que te conté” del momento ya que a esa hora cobraban tarifa nocturna,  la más barata de todo el día, esto pensando en hacer el menor daño posible al bolsillo de mis papás. Conversaciones que duraban fácilmente media hora o una hora, hasta que una señal muy tierna me decía la siguiente frase para terminar la llamada

- ¿Hasta qué hora seguirás hablando por teléfono?- la bella voz de mi  madre, quien era la encargada de decirme que hasta allí no más llegaba la conversación. Ahora si me llamaban, me dejaban hablar todo cuento pudiese.

Mientras recordaba esto, mi hijo me hace saber de un detalle no menor:

- ¡Papá, también me dio su RUN!-  Algo sorprendido aún, me preguntaba ¿Para qué cresta sirve el RUN de una niña de 9 años?  Por último hubiese servido el del Papá para ver si tenía DICOM. Bueno en fin.

¿De dónde sacó mi hijo esos genes de galán conquistador? ¡Quizás de los abuelos!....Sin embargo si hago memoria, mi primera declaración de amor fue en un verano de 1980, cuando me preparaba a cursar 8vo básico.

Mis amigos, mucho más cancheros que yo, empezaban a pololear al inicio del verano ya sea con compañeras de curso o bien con amigas de éstas. La cosa era que la ida a la playa y posterior reencuentro a la vuelta, era con polola. Y estaba yo, el impar. Más solo que astronauta olvidado. Y no era porque no tuviera candidatas, sino que el problema era que siempre he tenido poca personalidad por el miedo a recibir un “No” devuelta. De hecho yo notaba entre mis amigos la incomodidad que no pololeara. Mis amigos y amigas trataban de llevarme alguna amiga para que pudiésemos coincidir  en tiempo y espacio.

Recuerdo una ocasión donde unas amigas que habían llegado desde Alemania, me invitaron a la playa para que conociera a una amiga  proveniente de tierras germanas. Yo no me hice mayor problema ya que teniendo mis paletas de playa, la diversión estaba asegurada. Llegando a la playa veo a lo lejos a mis amigas “Ottas” y junto a ellas, sobre una toalla, una rubia espectacular, como esas que solo aparecían en los documentales que teníamos que ver al comienzo de cada película cuando íbamos al Cine donde una voz como sin haber utilizado  un pañuelo en su nariz por largo tiempo decía …….” El Mundo al instante”. En ellas aparecían imágenes de fiestas Bávaras donde se veía como gorditos y gorditas, rosaditos todos, comían y tomaban cerveza a más no poder, todos muy contentos, seguramente porque sabían que los estaban filmando y que serían vistos en los cines de Chile.

Mientras nos acercábamos con mi amigo, nos mirábamos y nos reíamos solos de tamaña suerte. Un bikini amarillo dejaba ver su cuerpo en toda su magnitud. Agréguenle que a esta Teutona, le sobraba la “u”. Nada como iniciar la revolución hormonal con tamaña belleza. Obviamente hice como que no la había visto. Mis amigas me la presentaron. Su nombre Hildegard. Beso de rigor y mientras voy poniendo mi toalla sobre la arena y me voy sacando la ropa, la miro de reojo muy sutilmente descubriendo algo que hizo en mí el efectuar un zafarrancho de abandono de modo inmediato. Era cierto, era una “real blondie” y eso era posible de verificar desde todos los lugares que uno acostumbra ver que nuestras féminas depiladas, es decir, un montón de pelos rubios en axilas, pelos por doquier que escapaban de los bordes del calzón del bikini y más pelos que yo en sus piernas. Todos rubios lo que a lo lejos con el sol no se apreciaban. Sin embargo al acercarse uno no sabía si la habían parido o tejido. Además cero comunicación ya que lo poco y nada que hablaba lo hacía en alemán y solo mis amigas le entendían y nos traducían. Todo mal.

Luego, para regresar a nuestras casas tomamos el bus y para colmo nos tuvimos que ir de pie. Afirmada del fierro que cruza el pasillo del bus estaba ella mostrando como si nada su axila peluda a todo pasajero que se diera cuenta de tal monstruosidad. Y para rematar el desodorante lo había dejado en Berlín. Peluda y hedionda……Permiso, aquí me bajo yo. ¡Too much!. A la cresta el intercambio cultural.

Y así siguió mi búsqueda de mi media naranja hasta que a comienzos de Febrero, mi amiga Cecilia, más conocida como “La Chica” y quien pololeaba con uno de mis mejores amigos, recibía a una de los tantos santiaguinos que vienen a pegar en la pera de los pobres habitantes de esta región. Y nada mejor que invitarla para que nos acompañara a una de nuestras playas favoritas: “Playa Amarilla” en Con Con.

Se trataba de una niña muy bonita, morena, de sonrisa fácil, se notaba de buen pasar, de nombre Paula. Su traje de baño de una pieza, la hacía ver una mujer recatada, de principios éticos y morales muy parecidos a los míos. Ningún garabato. Incluso comía con la boca cerrada. Lo más importante era que a diferencia de la germana, Paula siempre estaba peladita y su perfume “Natalie” hacía explotar mis tímidas hormonas. Todo bien.

Así pasaron dos semanas y me fui de puros saltos y gases. Lo cierto es que terminaba el verano y Paula regresaba a Santiago. Una vez más, haríamos una reunión en mi casa, esta vez sería para su despedida.

Ahí estaba yo con la sensación de mariposas en mi pequeño estomago de aquel entonces (Hoy solo unos cóndores podrían causar el mismo efecto) y con el miedo de saber si me atrevería a decirle que me gustaba o no.

En ese momento llamé a mi compadre de toda una vida, un canchero de tomo y lomo; Jorge, quien me dio unos “tips” para saber que decir en ese momento. Sin embargo, luego de escucharme, se dio media vuelta y entró a mi casa. Yo mientras tanto me sentaba en una de las sillas del juego de terraza para ver la bahía de Valparaíso, que desde mi casa se veía espectacular, como buscando respuesta a lo que me ocurría interiormente y que a mis precarios 14 años resultaba ser algo trascendental. En eso giro mi cabeza y veo que Jorge trae a Paula y la sienta al frente de mí. – Héctor te tiene algo que decir –  se dio media vuelta y se fue.

Solo la mesa redonda nos separaba. Después de unos instantes donde nadie decía nada y solo se escuchaba uno que otro grillo, Paula, me mira y me dice:

-Jorge dijo que tienes algo que decirme- como tomando la iniciativa.

En eso mi gato regalón, cuyo nombre fue puesto después de gran creación colectiva en una reunión familiar, dando como resultado “Minino”,  se subió a la mesa para que lo acariciara, lo cual empecé a hacerlo, un poco para calmar mis nervios que a esa altura estaba casi a punto de colapsar.


Acordándome del famoso actor mexicano, empecé a “cantinfliar”: que después de tanto tiempo yo……pero que el tiempo …uno piensa que tú me gustas…..pero si no te gusto no importa……que es posible que nos veamos poco…..aunque yo se que tu….

Cada vez que trataba de terminar una frase, ella sonreía y me decía: Si….si te entiendo. Palabras como queriendo ayudar al pobre cristiano que tenía al frente a decidirse, hasta que de repente me interrumpe, se para rápidamente y me dice-

-Oye, parece que al gato le falta aire-

Y era que no, si con los nervios estaba estrangulando al pobre gato. ¡Pobre Minino!, ¡Que culpa tenía ese pobre animal!

Entre los dos tratamos de reanimarlo hasta que por fin el gato se recompuso y se fue del lugar, seguramente maldiciéndome de tanta estupidez de mi parte, y que por lo demás me tenía más que merecido. Eso rompió el hielo. Pero algo más debía pasar. Después de dos semanas, solo en ese momento me di cuenta que Paula usaba frenillos, y aunque para mi seguía viéndose muy linda, resultaba ser todo un problema. Pensaba – “Si le doy un beso, ¡Capaz me haga mierda la boca!”.  Más aun cuando no había besado antes. Mejor para otra vez será. Finamente la tomé y la llevé dentro de la casa donde todos estaban celebrando nuestro compromiso anticipadamente. Decepción generalizada. Pero como yo era el dueño de casa no se podían enojar conmigo. Lo único claro fue que este servidor no fue capaz de decirle que si me gustaba y mucho y que gracias a ella pude disfrutar de Minino por mucho tiempo más.


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