¿Quién podría
creer que en el lugar que hoy es el Balneario de Caleta Abarca, fue uno de los
polos de desarrollo industriales más importantes de la zona y porque no
decirlo, del país, como lo era Lever,
Murphy& Co.?
Esta
era una firma comercial chilena dueña de la desaparecida maestranza, fundición
y astilleros de Caleta Abarca y cuyo máximo desarrollo fue entre 1883 y 1891, cuando fabrican
locomotoras y construían puentes para Ferrocarriles del
Estado a instancias del Gobierno,
además de proporcionar diversos servicios a la Armada.
Hasta su venta en 1906
había construido aproximadamente 480 carros para ferrocarriles, 60 calderos,
100 pares de cilindros para locomotora, 39 locomotoras, 6 vapores, 20 lanchas,
5 faros de hierro y varias instalaciones completas para salitreras.
Y como sabemos
que todo dura lo que dura, esta empresa desapareció quedando solo los vestigios
de aquellos años de bonanza. Transcurridos los años, en los años 40 se inició
un impulso turístico importante, queriendo dar a Viña del Mar otras atracciones
y comodidades propias de una ciudad turística. Para ello expropiaron esos
terrenos, construyéndose allí todo un complejo urbanístico que incluía toda una
red vial, el Balneario propiamente tal y el hotel Miramar, lo que junto al
casino Municipal, el Hotel O’Higgins , la piscina de 8 Norte, el Balneario de
Las Salinas mas el Valparaíso Sporting Club, resultaba ser una ciudad de gran
atractivo, sobre todo para los turistas que la visitaban.
Después de este
baño cultural y hecho el recorrido en
bus desde Viña a Valparaíso, alcanzo a ver su arena y me lleva a una serie de
recuerdos, ocurridos en mi época pre adolecente, siendo Caleta Abarca mi playa
favorita, considerando además su cercanía con mi hogar.
La verdad es que
cuando uno es chico y sabes nadar bien, no le tienes mayor miedo a las olas,
hasta que te ocurre alguna experiencia que te lleve a pensar lo contrario. A mi
temprana edad y gracias que tenía una piscina cerca de la casa, aprendí a nadar
perfectamente a los 8 años, por lo que era habitual que con mis amigos nos
fuéramos a nado hasta llegar a la balsa que se encontraba, creo yo, a unos 150
a 200 metros de la playa. Al llegar a ella uno descansaba unos minutos, tomaba
sol dentro del poco espacio uno tenía para ello dado el gran numero de bañistas
que llegaban a lo mismo. Sabían que después de secarte y calentar tu cuerpo,
nuevamente te helarías con el chapuzón de agua helada y de ahí de vuelta a la
playa. Siempre tenía en mi mente escenas de la película “Tiburón”, porque vaya
uno a saber la cantidad de peces que hay debajo de uno mientras nadas. Eso
hacía que mi nado fuera más rápido.
Recuerdo alguna vez que nos bañábamos tranquilamente ya que el
oleaje era suave y habiendo bandera verde, los salvavidas te dejaban bañar sin
mayores problemas y si bien estábamos un poco alejados de la orilla, sabíamos
que con un poco de pataleo llegaríamos pronto a secarnos, tirarnos en la toalla
y comernos un rico pan de huevo que vendía el caballero del canasto que se
paseaba con toda facilidad por la playa, a pesar de lo caliente que pudiese
estar la arena.
Ya estando en nuestro segundo
chapuzón, Manolo, Roberto y yo nos bañábamos en ese mar que tranquilo te baña,
sin embargo en cuestión de minutos, dejó de serlo y se levantó ante nosotros
una gigantesca ola que hizo que quienes estábamos más adentro en el mar no
tuviésemos otra alternativa que nadar tan rápido como pudiéramos más adentro
para ir a capearla. Así pasó la primera, luego una segunda y a medida que
seguían apareciendo este tren de olas, nosotros nos adentrábamos cada vez mas.
Ya estando muy cerca de la Balsa de la Coca Cola, se nos acerca un salvavidas
en su bote a remos y nos dice que debemos ir hasta ella. Éramos como diez
personas, siete adultos y nosotros tres cabros chicos, siendo yo el menor de
todos. Un poco gracias a la adrenalina, llegamos a esa balsa cuadrada
auspiciada por la famosa gaseosa, que en realidad era como un gran cajón sin
tapa.
A medida que subíamos, nos íbamos
instalando sobre el borde de ella y un poco nerviosos nos reíamos de la
situación en la que nos encontrábamos. Cuando pasaron unos pocos minutos de haber subido a la balsa, vimos como se acercaba
un nuevo tren de olas y a pesar de que estábamos muy lejos de la orilla, la ola
pasaba por la balsa llenándola completamente de agua ya que se mantenía fija al
fondo y la ola la cubría. Debo reconocer que daban ganas de tirarse al mar a
capearla, un poco por nerviosismo y miedo, pero eran los adultos quienes nos
contenían a no hacerlo. Luego de pasar las olas, veíamos como ellas iban en
dirección a la playa y era tal la magnitud de la marejada que por instantes se
perdía la playa y luego se veía como reventaba en la orilla levantando un manto
blanco de espuma. Nosotros como que nos dábamos cuenta que la gente que estaba
en la playa nos estaba observando, como viendo en que terminaría todo esto.
Bueno, nosotros también.
A medida que se iba calmando el
mar, el hombre del bote empezaba a llevar a la gente hasta cerca de la orilla.
Primeros fueron dos mujeres y un par de tipos que no nadaban mucho. Luego de un
buen rato, nos tocó el turno a nosotros tres. Yo trataba de pensar en cualquier
cosa para olvidar en la peligrosa situación en la que me encontraba, por lo que
decidí empezar a sacar el agua dentro del bote con un pequeño tarro que se
encontraba en su interior. Nosotros íbamos mirando la playa cuando el hombre de
los remos gira rápidamente y nos dice que no nos preocupemos, pero si era de
preocuparse. Estábamos en medio de otro tren de olas y debíamos regresar cerca
de la balsa para protegernos de ellas, que por instantes levantaba la
embarcación peligrosamente. Debo reconocer que apenas nos dejaron cerca de la
orilla, me tiré al mar para luego salir del agua no sin antes mandarme una orinada de aquellas
de puro susto, contribuyendo para que el agua fuese más salada. Al salir los
tres, sentíamos como la gente murmuraba mientras pasábamos cerca de ellos,
aunque creo que les debe haber llamado la atención lo mocosos que éramos. Sin
duda quedó para contarlo, aunque no a nuestros padres.
Mismo Verano y se anunciaba por
la Radio Festival “El día del Salvavidas”, que consistiría en distintas
actividades y competencias a realizarse ese día desde temprano en la mañana de
un Domingo de Febrero en Caleta Abarca. Como nos gustaba el deporte y la playa,
ahí estábamos nuevamente con mis amigos Manuel y Roberto, inaugurando las competencias.
La primera de ellas, “Mini maratón por la playa”, que consistía
en, aunque cueste creerlo, en correr la playa completa, ida y vuelta, vale
decir, desde el Antiguo Hotel Miramar hasta el Puente Capuchinos y luego de vuelta. No era menor, mas aun
considerando que era para todo participante. Nosotros tres, que teníamos entre 9
y 11 años, participábamos con muchachos mucho mayores que nosotros. Ahí
estábamos tratando de dejar atrás esa maldita frase que nos enseñaban en la escuela “Lo
importante es competir y no ganar”, frase que no hace otra cosa que entrar derrotado a cualquier
competencia. Se juntó una veintena de muchachos.
Mas de alguno con cara de arrepentimiento pensando de por qué no se había quedado
un ratito más acostado en casa. Pero en fin, como dijo el filósofo “Omóplato”,
“Los que somos, somos. Los demás….palomos”. La fría mañana, nublada, sin duda
ayudaría a estos heroicos deportistas. Nos juntamos listos para dar inicio a
esta aventura atlética. Bandera que da la partida, y salimos en un grupo
compacto salvo por Roberto que apretó glúteo a más no poder, siendo el primero
de los escapados. El resto siguió junto. Así llegamos hasta el puente Capuchinos,
donde tanto Manuel como yo apuramos el tranco, tratando de alcanzar a Roberto y
dejando atrás al resto de los competidores. ¿Quién lo iba a creer? Tres cabros
chicos dábamos el golpe la cátedra,
logrando los tres primeros puestos de esta “seudo” maratón. Para el resto, la
vergüenza por nuestro triunfo. Nosotros felices ya que nos dijeron que al final
de día nos entregarían premios.
Considerando que el hermano del Capitán
General era el concesionario de la playa, y que el mandatario gobernaba a punta
de palos, a diestra y siniestra, me imaginaba que los premios serían dignos de
una familia tan desprendida como lo era la familia Pinochet, desprendida de
toda culpa……hasta que los pillaron, por cierto.
A mediados de la tarde anuncian
por megáfono la realización de una nueva competencia: Nado libre para todo
competidor. Nosotros nos miramos y sin pensarlo nos levantamos de nuestras
toallas para ir a inscribirnos ya que a pesar de tener poca edad, nosotros ya
habíamos competido en natación, aunque con niños de nuestra misma edad. Nos
inscribimos y nos dimos cuenta que la cantidad de participantes era muy
numerosa respecto a la carrera de la mañana. No nos amedrentó el hecho de
enfrentar a una treintena de nadadores.
Mucha gente se acercó a mirar esta mini “Iron Man” que hacía más
entretenida la estadía en la playa. Todos los competidores nos pusimos a la
orilla del mar esperando la largada. Había expectación entre todos los
asistentes, sabiendo que nadie daba un peso por nosotros. En eso, uno de los
salvavidas toma un megáfono y con su bocina da el inicio a la competencia.
Justo al momento de introducirnos al mar llegó una ola bastante grande que hizo
que muchos de los que corrieron primero retrocedieran, sin embargo nosotros que
esperamos que reventara nos apuramos en correr para evitarla y comenzamos a
nadar. No era raro que Roberto tomara los primeros lugares ya que nadaba muy
rápido. Yo quedé en el grupo que lo seguía, pero avanzando con un nado
constante, cual “Tiburón Contreras”. El nado se hacía difícil dado que se
amontonaba una gran cantidad de personas
y había que hacer el quite a quien uno debía pasar, esperando que no te
llegara algún golpe tanto de mano como de pie de quien te antecedía. El bote de
salvavidas indicaba el retorno, por lo que debías dar vuelta a su alrededor
para emprender la vuelta. Yo seguía nadando rápido y no faltaba el competidor
que viendo que era más chico, me agarraba de los tobillos y me tiraba hacía
atrás. Nada de lo que una buena patada no me pudiese librar para seguir con la
carrera. Después de casi 100 metros de nado, me di cuenta que había llegado
hasta la orilla, donde Roberto me alentaba a que me apurara para que llegara
entre los primeros. Yo me encontraba muy cansado, ya que el esfuerzo había sido
grande y mis piernas estaban un poco cansadas, sólo comparada con la sensación
que más adelante sabría reconocer como una “guaraní”. Con mucho esfuerzo llegué
hasta la meta, donde indican que había llegado Tercero. Para variar Roberto
había llegado primero. Eso significaba que tendría otro premio. Yo estaba
feliz, sobre todo al ver la cara de quienes llegaban después y veían como un flaco
espinillento les había ganado.
De ahí a esperar la premiación.-
¿Cuáles serán los premios? ¿Sin lugar a dudas llegaría con algún trofeo que
podría sentirme orgulloso y de paso mostrarles a mis papás el hijo que tenían y
que era sin duda, un motivo de orgullo.
Había llegado el momento.
Uno de los salvavidas se
encontraba arriba de una improvisada tarima y daba la instrucción para que
quienes eran llamados, subieran a este “podio”
para la entrega de su premio .Un “seudo” animador, megáfono en mano, daba
inicio a la premiación tan esperada.
-3er Lugar Mini maratón…………yo- Mientras recibía el aplauso del
respetable, yo subía con el pecho súper inflado y con un gesto de como
despejándome el cuello para recibir mi medalla. El animador se da vuelta y me
hace entrega de……una botella chica de Coca Cola. La recibí agradecido esperando
el premio. El hombre del megáfono se me acerca y me dice al oído- tómatela
rápido aquí arriba, devuelve el envase y baja por ese costado. Gracias. Segundo
Lugar…. –prosiguió con la premiación. Quedaba demostrado que el hermano del
Dictador era volantín de cuero y que los premios no serían de los mejores o
simplemente alguien le cortó la cola al financiamiento de los regalos.
Mientras al segundo y primer
lugar les hacían entrega de unos premios como cuadros y un llavero, al menos
podrían llegar a casa con un recuerdo que dijera que habían participado en tal
magno evento. En mi caso, la única prueba de que había ganado algo era hacer
pipí y conseguir un frasco para la muestra de orina, pudiendo así demostrar que
había ganado algo.
-¡Seguramente habrán dejado el
premio mayor para la natación!- siempre pensando de forma positiva – Mientras
proseguían con la entrega de premios para otras competencias.
Ahora la premiación para la competencia
de nado. Yo me acerqué al “seudo” escenario para recibir mi premio. El “seudo” animador hace su mejor
introducción para luego decir:
-Para el final hemos dejado la
competencia principal, la Natación. 3er Lugar,
yo- Mientras
nuevamente recibía el aplauso del respetable, yo nuevamente subía resignado
como esperando recibir cualquier cosa. El seudo animador se da vuelta al
escuchar una voz que desde un costado le informa que se quedaron sin premios para el Tercer
Lugar. Una de las colaboradoras ante tal inconveniente, y para salir del paso,
le hace entrega de ….una botella chica
de Coca Cola. El hombre del megáfono me dice nuevamente al oído - tómatela
rápido aquí arriba, devuelve el envase y baja por este costado. Gracias.
Segundo Lugar…. –prosiguió con la premiación. Mientras dificultosamente trataba
de tomar esta segunda botella, la cual
se encontraba a temperatura ambiente, yo me sentía llego de gases. Creo que
eructé hasta que Roberto recibió su premio; un reloj de pared para la cocina
!Vaya incentivo para seguir siendo deportista!
A raíz de todo lo anterior, se me
ocurre un pensamiento muy original … “Ser tercero es perder, ser segundo no es
igual que llegar en un primer lugar”. Si bien no hay algo tangible que indique
lo que estoy contando, solo espero que me crean todo lo que he escrito, porque
en algún lugar debe quedar en la historia de la playa Caleta Abarca que yo
participé en “El día del Salvavidas”.
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