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jueves, 29 de diciembre de 2016

El Balneario de Recreo




Si a un veinteañero le preguntase si ha escuchado el término “Baños Calientes de Mar” o por la existencia de una piscina en el sector costero del cerro Recreo, probablemente me diría un no rotundo. No sabría de un balneario creado en 1910,  donde la reina era una piscina de grandes dimensiones llenada con agua de mar y que en su terraza existía una pérgola donde se realizaban en tiempos pretéritos  grandes bailes  con la presencia de la aristocracia de aquel entonces, sólo frenada con la llegada del casino de Viña en el verano de 1930.

Con certeza puedo decir que tuve la suerte de  ser parte de aquella última generación que disfrutó de aquel lugar antes de ser parte de lo que hoy es la ampliación de la avenida España, es decir, que como tantas cosas, un lugar  desplazado por el paso del tiempo y la modernidad.

Cuando era niño y tenía esas eternas vacaciones de verano,  ell vivir en ese precioso barrio residencial me daba la posibilidad de podía obtener la diversión al alcance de mi mano. Solo debía bajar la calle 18 de Septiembre y encontrarme con la antigua Avenida España, esa con dos pistas hacia Viña y dos a Valparaíso. Solo la seguridad de un paso sobre nivel hacía menos peligrosa el llegar a mi playa favorita de aquel entonces llamada “Poca Ola”. Para llegar a ella debías cruzar la línea del tren y llegar a la estación de trenes de Recreo. A la izquierda, el Club de yates de Recreo con sus clásicos tetrápodos de concreto para detener la erosión de las olas y lugar muy entretenido donde pescar.

Siempre encontrabas a algún pasajero del tren, quien más aburrido que ver una pelea de babosas de jardín, esperaba que pasara muy de cuando en cuando alguna locomotora eléctrica que llevaba sus carros de pasajeros algo ya antiguos, como no queriendo dar un paso al costado a los modernos Fiat-Gec Concord argentinos AES 17  más conocido como “Automotor” cuya puerta no tenía ninguna contemplación si se atravesaba alguna extremidad al momento de cerrarse y que fueron los antecesores a los que hoy la gente disfruta gratamente en el Metro de Valparaíso. Investigando supe que ellos fueron comprados por el compañero “Chicho” pero recibidos por el Caballero de los mil nombres el año 1976.

Por supuesto que como a uno le gustaba la tontera, mis amigos y yo, niños de entre 8 a 11 años en ese entonces, nos gustaba encaramarnos  para llegar al muro que dividía la playa y la línea del tren, y que no era otra cosa que la posibilidad cierta del termino del verano en caso de perder el equilibrio y romperse más de algún hueso, más la segura reprimenda de nuestra madre y su eterno “te lo dije”. ¿Y para que llegar ahí? Simplemente para colocar pequeñas piedras, monedas  y tapas de bebidas en la vía férrea para ver como el tren pasaba sobre ellas y las aplastaba, para luego recogerlas como trofeo o usarlas de fichas para los “flippers”.

La bajada a la playa era pavimentada salvo un trozo de camino que era de madera, como una especie de puente donde evitabas mojarte del agua del desagüe que provenía de una especie de cueva y que se encontraba bajo la línea del tren y que daba finalmente al mar. Si bien había un cartel que indicaba que aquellas no eran “Aguas Servidas”, te aseguro que su pequeño caudal no era precisamente agua mineral y los restos de papel que llevaba no eran precisamente barcos reciclados. Para que decir de aquellos cuescos de duraznos que no eran tales. Si bien esa agua estaba distante del lugar de donde nos bañábamos, yo creo que igual nos podríamos haber contaminado con tanta mierda. Pero en ese entonces no había playa que no estuviese contaminada. Sin duda todo un festín para las jaibas. Sin embargo lo único que uno quería era bañarse y disfrutar de la arena gratuitamente.

A la derecha de este balneario popular y sólo separado por una reja siempre a mal traer que impedía el acceso, se encontraba la piscina de Recreo.

Su ingreso debía realizarse  por un costado de la Avenida España, a un costado de la línea del tren.  Debías bajar hasta un paso bajo nivel que pasaba por  debajo de la línea del tren. Al cruzar este túnel encontrabas un lugar donde estaba lleno de baldosas blancas que cubría sus paredes y donde se encontraba una caseta que era la boletería. Me acuerdo que mi padre me regalaba abonos para todo el mes, los que compartía con amigos ya que no era muy barata la entrada. Tenía dos niveles, una era la terraza que daba a todo lo largo del lugar y bajando, te encontrabas con un pasillo igual de largo donde se encontraban los camarines. Lo que llamaba la atención era un olor característico a humedad, esto debido a que el sol no llegaba a ese lugar, por lo que siempre estaba el piso húmedo, por lo que no era raro encontrar en el piso uno que otro Jurel vivo que saltaba de puro gozo de tanta humedad. Una vez puesto el traje de baño, y con tu ropa en guardarropía, disponías a instalarte en la playa para luego llegar, a pocos metros de allí, a esa gran piscina.

El hecho que fuera de agua de mar hacía que uno pudiese nadar con mayor flotabilidad. Su gran dimensión hacía grato el nadar sin chocar con alguien. Ahora si se te ocurría abrir los ojos por mucho tiempo, debías ir a buscar unas gotitas para los ojos, ya que te encargo  los ojos de conejo con los que quedabas. Una vez bañado, la ducha de agua dulce te dejaba como nuevo. El lugar estaba protegido por un especie de pequeño muelle y al costado de la piscina  se encontraban una serie de bloques de cemento de grandes dimensiones, donde, si el mar lo permitía, podías buscar algunos pequeños mariscos como estrellas de mar, lapas y cuanta fauna desearía descubrir mi compadre franchute Jacques y su mundo submarino.

Durante los años que concurrí a aquel lugar,  tuve la oportunidad de conocer muchos personajes. Uno de ellos fue a un deportista de lucha libre que participaba en un programa de TV de aquel entonces llamado “Titanes del Ring” y por lo tanto toda una celebridad: Mister Chile. Yo era parte de ese montón de cabros chicos que lo rodeaba esperando que me dijera algo o simplemente escuchar lo que conversaba con jóvenes mayores que también se acercaban él a preguntarle cosas relacionadas con sus legendarias peleas con “la Momia”. Recuerdo que su físico era impresionante, comparado con Arnold Schwarzenegger  pero Chilensis, o sea, en la medida de lo posible como diría Don Patricio durante su gobierno. Las chiquillas no se quedaban atrás y aparte de ver su traje de baño con nariz muy común de aquella época, le hacían sus cambios de luces por si las “fly”, en una de esas las dejaba “en Plancha”.

Pero la piscina también guarda momentos no muy gratos para mí. Cierto día y  como muchos días de Verano, fuimos a disfrutar de sus aguas. Ahí estaba con mis padres y hermana más uno que otro familiar. Yo a mis incipientes 3 años  jugaba seguramente con un balde tratando de hacer algo parecido a un castillo de arena. Ya estaba atardeciendo cuando volví al lugar de la playa donde se suponía estaba mi familia, mi manada, mis protectores……..y no estaban. Instintivamente me puse a llorar. No faltó la señora solidaria que al ver que me encontraba extraviado me tomo de la mano y tratando de calmarme, me llevó hasta un salvavidas. Él, negro como la noche de tanto sol y con una polera amarilla sin mangas, parecía un helado de chocolate con vainilla, pero con patas. Este prototipo de “Guardián de la Bahía”, ayudó a tranquilizarme dado que lloraba más que Nice en el final de “Angel Malo”. Mientras me limpiaba las lágrimas, él  me preguntaba mi nombre y donde estaba mi mamá. Yo trataba de mirar a cuanta mujer pudiese tener un traje de baño como el de mi olvidadiza madre. Pero como la moda es la moda, parece que el color de su traje de baño era el favorito de ese año. De lejos divisaba a una mujer que podía ser mi madre, sin embargo al acercarnos junto al salvavidas, éste le preguntaba si yo era su hijo. Obviamente no lo era y vuelta a llorar. Así de la mano, me debe haber acompañado a preguntar como a tres o cuatro  mujeres más si yo era su hijo. No había caso. El  traje de baño “Catalina” resultaba ser de uso popular, lo que no ayudaba a esclarecer el enigma de cómo  había llegado este niño a ese lugar. Paralelamente mis padres se encontraban en casa, a unas pocas cuadras de allí, preparando la once. La candidata a la mamá del año hace el cometario a los presentes de lo tranquilo que estaba yo, ya que no se escuchaba ruido alguno del travieso niño de la casa.

-Debe estar durmiendo- dijo ella muy segura. Cuando me fue a ver a mi pieza,  se dio cuenta que no estaba y empezó a preguntar por mí a cada una de las personas que ya se afilaban los dientes para tomar once y comer pan, seguramente acompañado de huevos con tomate. Cada uno se echaba la culpa pensando que suponían que el otro me traía. Al final ninguno me llevó.

A esa altura mi madre se dio cuenta  que yo estaba en la piscina, seguramente tragado por las aguas o bien devorado por algún escualo. Como toda familia unida, hicieron una carrera para ver quien llegaba primero a la piscina. Solo para las estadísticas, primero llegó mi Tío Nano, segunda mi Mamá y  tercero mi papá, que desde los tiempos que jugaba futbol no se pegaba un pique similar.

            Preguntaron por mi hasta que llegaron donde el Salvavidas, quién me tenía en brazos y luego me pasaron con mi mamá. Ahí me abrazaban todos, yo no teniendo idea de la razón de tanto amor. Explicaciones iban y venían al Salvavidas, quién en su interior debe haber pensado lo peor de mis progenitores. Y era que no, ya que estuve más  de una hora perdido y aunque no me crean, todavía tengo en la memoria todo lo vivido.  De vuelta a casa era regaloneado a más no poder. Si en ese momento le pedía un auto a mi papá, seguro el viejo me lo regalaba, pero como fui “perno” desde chico, solo le pedí un helado de chocolate con vainilla ya que el Salvavidas me había tentado. Con los años se forjó una amistad muy bonita entre mis padres y Don Carlos, el Sr. Salvavidas y era que no, si estaban más agradecidos que polola fea por haber ayudado a encontrar al querubín. Obviamente esta historia era contada cada vez que se encontraban y allí estaba yo escuchando como ahora se reían. Que lastima que a esa altura de mi vida no supiese algún garabatito ya que se lo tenían bien merecido. Aparte espero que estas líneas sean leídas por todos aquellos que siempre se han quejado de mi por perder cosas…..lo siento, parece que es hereditario.

Hoy sólo quedan las ruinas de aquel sector, mudo testigo de muchas aventuras como las ya descritas, como no queriendo ser destruida por la corrosión del mar .Afortunadamente fue la única vez que me perdí y solo quedó como una anécdota recordada muy a menudo por mi viejita linda.

2 comentarios:

Unknown dijo...

También tuve la suerte de conocer ese lugar, inolvidable...y que mejor después del baño, recuerdo que mi papa nos llevaba a tomar bebida con sándwich de huevo que vendían en el restaurante que había en el mismo balneario....un abrazo Hector

Unknown dijo...

También tuve la suerte de conocer ese lugar, inolvidable...y que mejor después del baño, recuerdo que mi papa nos llevaba a tomar bebida con sándwich de huevo que vendían en el restaurante que había en el mismo balneario....un abrazo Hector